El Muro ha caído, ¿Y ahora, qué?

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El Muro fue creado más de ocho mil años antes de los acontecimientos descritos en la serie por Brandon el Constructor después de la llamada Larga Noche, para defender los reinos de los hombres de los salvajes y los Otros. El Muro es protegido desde siempre por la Guardia de la Noche y, de acuerdo a algunos, también por hechizos antiguos y hechicería olvidada.

Según la leyenda, Brandon el Constructor hizo poner los cimientos del Muro en los lugares más elevados naturalmente. Varias menciones en la narración sugieren que el Muro era mucho más bajo en esa época y que los constructores de la Guardia de la Noche lo han ampliado y mejorado a lo largo de los siglos. Sin embargo, al momento de la narración, la Guardia de la Noche está muy disminuida y se dedica sólo a tareas de mantenimiento.

El Muro tenía 300 millas de longitud y más de 700 pies de alto. Se extiendía desde la cadena montañosa de los Colmillos Helados en el oeste hasta la Bahía de las Focas en el este. Construido a base de bloques de hielo, el Muro parece gris bajo un cielo nublado y de un brillante blanco-azulado cuando le da el sol. Los bloques de hielo se fusionan y se mantienen sólidos debido a la temperatura habitual en la zona, si bien durante los veranos el calor llega a fundir la capa más superficial, momentos en los que parece que el Muro llora. Su altura media es de unos 200 metros, aunque en algunos puntos es más alto, siendo visible desde muy al sur.

El Muro tenía un recorrido lineal desde el Castillo Negro hasta Guardiaoriente del Mar, pero muy sinuoso hacia el oeste, hasta Torre Sombría, ya que estaba construido siguiendo las cimas de escarpadas colinas con sus valles. Entre Puertapiedra y Guardiagrís hay al norte del Muro una zona de cuevas y pasadizos; la leyenda incluso dice que uno de ellos, el Camino de Gorne, cruza el Muro por debajo.

Y ahora… ha caído…

Tras la gran caída de un muro y el cruce hacia un futuro incierto, cierra una temporada de Game of Thrones que sin duda derrumbó barreras, aunque queda por ver si para bien. A lo largo de las temporadas hemos visto a los personajes dispersos por todo el mundo creado por George R. R. Martin y reinterpretado por David Benioff y Dan Weiss, mientras que esta séptima temporada los reunió a todos para una serie de momentos clave.

Puede que los más importantes están vinculados a lo sucedido entre Daenerys Targaryen y Jon “el previamente bastardo” Snow. Las representaciones más claras del hielo y fuego que le da el nombre a la saga —el mismo Martin lo ha indicado así en entrevistas y en conversaciones con personas involucradas en el programa—, no solo tuvieron un encuentro sino una significativa unión. Después de un corto periodo (sigue sin quedar claro qué tanto, considerando que la serie jugó bastante con la temporalidad en aparente servicio de los pocos episodios que quedan para contar toda la historia restante) y de incontables conversaciones sobre paternidad y fertilidad –un diálogo sobre que Mirri Maz Duur podría haberle mentido a Daenerys sobre si puede o no tener hijos probablemente tendrá repercusiones en la octava temporada–, la relación culmina con un acto de procreación.

Y la confirmación del linaje de Jon presenta un futuro interesante por explorarse. No es un bastardo después de todo, algo que la serie sugirió en varios momentos de diálogo durante esta temporada y confirmó con un regreso al pasado que nos muestra, por primera vez, a Rhaegar Targaryen y Lyanna Stark, así como lo sucedido en la Torre de la Alegría desde la perspectiva de ella. Con el reencuentro de Bran y Sam Tarly tenemos entonces una respuesta sobre lo que le dijo a Ned Stark al pedirle que mantuviera su promesa y la verdadera naturaleza de la relación amorosa entre Lyanna y Rhaegar, que tuvieron un matrimonio reconocido que le da a Jon un reclamo legítimo al trono. Y el nombre de Jon no es tal: es Aegon, en honor al Targaryen que conquistó los siete reinos y fundó la dinastía, de la cual se creía surgiría el nuevo príncipe que fue prometido para poner fin a la Larga Noche cuando regresaran los Caminantes Blancos.

“La única guerra que importa es la Gran Guerra. Y está aquí”, dice Jon durante la cumbre en Pozo Dragón. Pero si enfocarse tanto en el posible desenlace de esa guerra implica dejar de lado partes de lo que ha vuelto tan destacable esta serie, lo que nos depara para la octava y última temporada ¿realmente será tan único como Game of Thrones lo ha sido hasta ahora?

Esto presenta una nueva pregunta: dado que nos explicaron que la palabra “valyria” para príncipe no tiene un género definido y ahora sabemos de manera segura que hay dos Targaryen, ¿ese nuevo príncipe será un él –Jon/Aegon– o una ella –Daenerys–?

Porque la Larga Noche está aquí, no hay duda alguna al respecto. Las imágenes que cierran la temporada son impresionantes, bajo la dirección de Jeremy Podeswa: Viserion, revivido, derrite el hielo del Muro con un fuego azul y el ejército de los muertos cruza hacia Guardaoriente, una amenaza que fue prometida por tanto tiempo y ahora es inescapable.

Aunque ni los Lannister ni los Greyjoy parecen verlo así: Cersei aprovecha la reunión en Pozo Dragón (con el gran detalle de un Qyburn fascinado por el muerto viviente y su mano) para ganar el tiempo para reagruparse. Tal como Euron actúa petrificado por la demostración del ser revivido con intenciones ocultas, Cersei hace como si estuviera dispuesta a aceptar una tregua; primero, solo si Jon promete mantenerse neutro, solo para que este le dé la excusa perfecta para descartar hacerlo cuando le indica que ya es leal a Daenerys –“si tanta gente hace promesas falsas las palabras dejarán de tener sentido”, le dice a Tyrion cuando este le sugiere que quizá solo esta vez una mentira blanca podría haber sido provechosa– y, segundo, cuando dice que enviará a sus tropas a proteger el Norte solo para interrumpir a Jaime cuando este quiere dar las indicaciones militares para hacer justo eso.

En realidad, Cersei quiere convocar, con ayuda de Euron, a la Compañía Dorada –miles de mercenarios ubicados en el continente de Essos– para mantener presente su lucha contra quienes quieran desafiarla a ella o a su familia. Incluso cuando eso significa aferrarse a las enseñanzas del padre fallecido para perder en el camino a su hermano y amante y poner en peligro a los mismos reinos sobre los cuales quiere regir. “No me importa hacer del mundo un lugar mejor”, le dice enfáticamente a Tyrion. El que no intente asesinarlo ni a él ni a Jaime cuando este amenaza con irse deja claro que su prioridad es en parte el apellido, que posiblemente llevaría el bebé fruto de su relación con su hermano; bebé que este también deja atrás cuando deja a Cersei.

La compañía fue fundada en 212 AC por Aegor Ríos, apodado Aceroamargo, un bastardo legitimado del rey Aegon IV, luego de que éste huyera de Poniente con los hijos de Daemon Fuegoscuro al final de la rebelión. Cuando Aegor vio a todos los señores y caballeros exiliados alistándose con otras compañías mercenarias, como los Hombres de la Doncella, y viendo que el apoyo a la Casa Fuegoscuro se desvanecía, creó su propia compañía mercenaria.

La reputación de la Compañía Dorada se estableció rápidamente, cuando Qohor se negó a cumplir con el contrato que habían realizado con la compañía. Los mercenarios de la Compañía Dorada saquearon Qohor como respuesta a su negativa.

La Compañía Dorada estuvo a cargo una vez de Maelys el Monstruoso, el último de los pretendientes Fuegoscuro, hasta su muerte, durante la Guerra de los Reyes Nuevepeniques.

Varios años tras la Rebelión de Robert, el exiliado príncipe Viserys Targaryen celebró un banquete con los capitanes de la Compañía Dorada, con la esperanza de que apoyaran su causa de recuperar el Trono de Hierro. Se comieron su comida, escucharon sus súplicas y posteriormente se rieron de él.

Su grito de guerra, “Bajo el oro, el acero amargo” es un homenaje a su fundador.

Mientras que la saga de Yara, Euron y Theon Greyjoy regresa al juego después de ser relegada, con la promesa del hermano menor de ir al rescate de la hermana a la que abandonó en un momento clave. Para ello derrota a otro nacido en las islas de Hierro con ayuda, curiosamente, de una maldición que se vuelve bendición: el haber sido castrado significa que los golpes bajos no lo afectan. Así que en la octava temporada nos tocaría ver un reencuentro de hermanos que se sintieron o fueron traicionados después de sufrir traumas a manos de una figura algo paternal –en este caso su tío– y del degenerado Ramsay Bolton.

Una situación muy similar a lo que viven las hermanas Stark, aunque esa disputa termina en reivindicación para ellas y para todo el clan.

La muerte de Petyr Baelish en lo que primero parece ser un juicio contra Arya –de ahí que hayan armado un teatro muy elaborado en el penúltimo episodio cuando Sansa parecía estar creyéndose todas las lecciones de Baelish sobre el peligro que posaba su hermana menor con su entrenamiento de asesina– es una muestra de que la venganza a veces sí es mejor servida fría. En este caso, todos los juegos en los que Meñique ha tenido mano se desmoronan, y su degollamiento le da un punto final a quien puso en marcha las conspiraciones que desembocaron en casi todos los eventos y disputas actuales de Westeros.

“Puede que sea lenta de aprendizaje, pero aprendo”, le dice Sansa, antes de agradecerle por sus lecciones y de que Arya corte su cuello con la daga que, casualmente, él le había regresado poco antes a Bran.

Durante la séptima temporada, la primera que ya no tiene fundamentos en lo que Martin ha escrito en sus libros, se sintió apresurada, por decir poco.
​Más allá​ de los cuervos que viajaban distancias largas ​aparentemente en segundos y los trayectos que antes tomaban tres semanas ​y ahora ​fueron ​hechos en minutos, algo que lo demuestra es que una reunión muy esperada por tanto tiempo, la de Sandor y Gregor Clegane, no lleva a un evento o encuentro particularmente sustancial. “Ya sabes quién viene por ti y siempre lo has sabido”, le dice el Perro a la Montaña, con referencias al pasado y a un posible futuro sin que por el medio se viva realmente el ahora. A mi parecer –y nos puedes hacer saber en Facebook​ o por correo electrónico​​ si estás de acuerdo– la serie está tan enfocada en hacia dónde va por estar a solo siete episodios de su fin que ha dejado de lado los elementos de la actualidad que usualmente le daban el color a los episodios y lo volvían muy destacable.

Siempre fue una saga con disputas sobre el trono, con muertes inesperadas en bodas y degollamientos de quienes se pensaban eran personajes principales, pero también era una serie que se tomaba la molestia de destacar pequeños momentos y de vivir el ahora sin tanta premura. Las conversaciones entre Varys y Baelish –el caos es una escalera es un diálogo clásico por algo–, los momentos que Arya vivió con el Perro durante su larga caminata hacia el Valle –sí, fue larga, y suficientemente memorable como para que Sandor le pregunte a Brienne sobre la Stark menor​ en este episodio​– o las conversaciones que los Lannister tenían entre sí –habría que comparar discusiones largas y a veces divagantes como la del afán de Tyrion de averiguar por qué un primo mataba a cochinillas con los dos minutos y pico de las palabras intercambiadas entre Tyrion y Cersei en este último episodio– son ejemplos de cómo se había contado la trama sin que por eso se perdieran detalles jugosos.

«Valar Morghulis»

 

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