Un extraordinario edificio de colosales proporciones que superaba, en algunas de sus partes superiores, sobre la capa de nubes de la capital imperial, consolidada por los Estirpe. Era la sagrada tumba del primer emperador y el símbolo y el orgullo de aquella civilización decadente.

El mausoleo era piramidal en su cúspide y por debajo de esta se asemejaba a un antiguo templo griego, con gigantescas columnas jónicas en su portada, que se situaba en la base de una kilométrica escalinata que se perdía en la negrura de la ciudad.

Parecía un templo dedicado a algún dios del caos y la muerte, algo muy propio de la gente del planeta Corran, iluminado por focos rojos, sobre su sólida roca gris oscuro, que le procuraba un aspecto desafiante y amenazador.

En el interior había un gran corredor que se extendía en línea recta y con el suelo de mármol rosado. Flanqueado a ambos lados por un bosque infinito de columnas de oro y toda suerte de minerales preciosos, cada uno con un material único procedente de su mundo conquistado de origen, con un diseño y manufactura distinta aunque todas de la misma proporción. Como trofeo de todos y cada uno de los mundos conquistados por el imperio.

En su interior, y en la planta cero, el silencio y el olor a incienso lo inundaba todo, sobre una estancia colosal diseñada para asombrar al visitante, y llamativamente muy poco iluminada.

Al fondo y más elevado, custodiado por tres estatuas de varios cientos de metros de alto, con forma de ángeles vengadores y encapuchados, portando grandes espadas, como silenciosos centinelas, se encontraba un sencillo sarcófago de piedra negra donde descansaban los restos del emperador Jonah Kheb.

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