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Los Creadores de Dios de Frank Herbert

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En 1972, seis años después de publicar Dune y cuatro años antes de escribir Hijos de Dune, la última novela de su primera trilogía del legendario universo mesiánico. Herbert escribió una novela aparentemente inconexa y bastante desconocida, con la serie que le hizo mundialmente conocido, llamada Los Creadores de Dios.

Entre lo místico y lo religioso, esta novela especula con un futuro en el que los habitantes de un mundo dedicado por entero a la religión decide crear un nuevo dios. Éste tomará forma en el cuerpo del protagonista, Lewis Orne, un observador encargado de detectar signos de belicismo en los mundos que poco a poco son redescubiertos tras la Guerra del Rim. Investigaciones y Arreglos, el I-A, es la organización encargada de reconducir a estos mundos hacia la paz, o bien de arrasarlos para evitar a toda costa que pueda suceder de nuevo algo como la devastadora guerra que los aisló. Lewis Orne irá ascendiendo de categoría, con la amistad de Umbo Stetson, un alto cargo del I-A, mientras descubre poco a poco su auténtica naturaleza.

El argumento transcurre de esta guisa, si bien es realmente muy poco lineal y se detiene y arranca de nuevo más de una vez con un nuevo subargumento en cada una. Se trata de una historia muy ortodoxamente religiosa (para lo que suele ser la ciencia ficción, por supuesto), y si no fuese porque uno no conoce bien las dedicaciones extraliterarias del autor, diría incluso que posee cierto aire propagandístico, puesto que no deja margen a la diferencia (de diferir, digo): o se comparte el contenido ideológico de la novela, o se hace casi materialmente imposible su lectura, salvo que se sea notablemente tolerante. No es que se trate de un discurso abiertamente moralizante, pero la trama se desarrolla directamente hacia una conclusión con sentido de descubrimiento, que, evidentemente, si no se está por la labor de compartirlo, resulta como ver un castillo de fuegos artificiales pasado por agua.

Por otro lado, la novela no deja de ser una obra muy menor, sin ambición (no hay una gran idea central que vertebre y conduzca toda la narración), desarrollada de forma desigual y con contenido supérfluo o de importancia no muy bien administrada. Se advierte, además, que muchas veces el autor utiliza conceptos y presupuestos (de presuponer) que no introduce hasta más adelante, con lo que el lector ha de vagar medio perdido durante varias páginas hasta poder hacerse una idea completa de lo que sucede.

Sobre el final (cuando Lewis Orne pasa una serie de pruebas de fe, aunque, sin justificarlo realmente, Herbert las interrumpe para concluir la historia). Aun así, y si te gusta la obra de Herbert que siempre mezcla religión con buenos argumentos de ciencia ficción, este libro resulta del todo imprescindible, para terminar de comprender la esencia de su obra.

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