Hay películas que predicen el futuro y hay otras que lo sienten antes de que ocurra.
Hijos de los hombres (Children of Men, 2006), dirigida por Alfonso Cuarón, pertenece a esa clase de obras proféticas que no necesitan ciencia ficción para parecer reales.
Ambientada en un mundo donde la humanidad ha perdido la capacidad de reproducirse, es una elegía sobre la fe, la desesperanza y la resistencia del alma humana frente al colapso moral.
Bajo su superficie distópica late una parábola bíblica y política: el fin de los tiempos no llega con fuego, sino con silencio.
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Ficha técnica
Título original: Children of Men
Año: 2006
Director: Alfonso Cuarón
Guion: Alfonso Cuarón, Timothy J. Sexton, David Arata, Mark Fergus, Hawk Ostby (basado en la novela de P. D. James)
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Música: John Tavener
Protagonistas: Clive Owen, Julianne Moore, Michael Caine, Chiwetel Ejiofor, Clare-Hope Ashitey
Duración: 109 minutos
Género: Ciencia ficción, drama distópico, realismo social
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Un mundo sin futuro
Año 2027. La humanidad lleva dieciocho años sin un solo nacimiento.
Las ciudades se desmoronan, los gobiernos se militarizan, los refugiados son perseguidos y la esperanza se ha convertido en un recuerdo.
Theo (Clive Owen), un hombre desencantado que alguna vez creyó en los ideales de cambio, se ve arrastrado a proteger a Kee (Clare-Hope Ashitey), una joven milagrosamente embarazada.
En ese embarazo late el último suspiro de la especie.
El viaje para ponerla a salvo no es una aventura heroica, sino una huida por los restos de la civilización.
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Alfonso Cuarón y la cámara que respira
Cuarón filma el fin del mundo con una naturalidad insoportable.
Su cámara, manejada por Emmanuel Lubezki, no observa: participa.
Los planos secuencia —reales, tensos, coreografiados con precisión quirúrgica— transforman cada escena en un testimonio directo, casi documental.
El espectador no es un testigo, sino un cómplice: camina, tropieza, sangra con los personajes.
No hay artificio ni glamour: solo polvo, fuego, sudor y miedo.
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La maternidad como milagro político
Kee no es una simple portadora de vida: es una metáfora viviente.
Su embarazo representa la chispa divina que sobrevive incluso cuando todo parece condenado.
Su figura, oculta y perseguida, recuerda a la Virgen en medio del Apocalipsis: una nueva génesis escondida en los escombros.
Cuando Theo ve al niño recién nacido y las tropas detienen el fuego al escucharlo llorar, el silencio se convierte en plegaria.
En ese instante, el mundo entero se inclina ante lo sagrado de la vida, aunque sea por unos segundos.
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El hombre desencantado
Theo es el antihéroe perfecto de los tiempos modernos: un hombre que ya no cree en nada.
Su evolución —del cinismo a la entrega— es el verdadero núcleo del film.
No es la humanidad la que renace, sino su fe en ella.
Cuarón retrata ese cambio sin sentimentalismo.
El sacrificio de Theo no es grandilocuente, es humano.
Su redención no viene de un dogma, sino del gesto: proteger a alguien más cuando todo parece perdido.
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La estética del derrumbe
Visualmente, Hijos de los hombres es una sinfonía gris.
Los tonos apagados, la iluminación natural y los paisajes en ruinas construyen una belleza triste y orgánica.
El futuro no es tecnológico ni brillante, sino polvoriento y gastado, como un mundo que se ha olvidado de soñar.
Lubezki filma el caos con una precisión pictórica.
El barro, la sangre y la lluvia se mezclan en una textura que huele a hierro y a derrota.
Pero entre tanta podredumbre, la luz persiste: un rayo tenue que sigue filtrándose por las grietas.
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El sonido del milagro
La música de John Tavener no subraya las emociones: las eleva.
Sus coros sacros y melancólicos acompañan la película como una misa fúnebre.
Cuando el llanto del bebé irrumpe en medio del estruendo bélico, el silencio posterior se convierte en el sonido más puro del film.
Cuarón logra lo imposible: que el ruido del mundo se calle ante la vida.
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El mensaje escondido
En el fondo, Hijos de los hombres no es una historia sobre el fin del mundo, sino sobre su posible renacimiento.
La humanidad se ha extinguido espiritualmente mucho antes que biológicamente.
Y sin embargo, una mujer y un hombre anónimo todavía son capaces de proteger una esperanza.
Eso basta para redimirnos.
Cuarón no ofrece certezas.
Solo un bote en la niebla, flotando hacia un destino incierto.
La fe, parece decirnos, no es saber a dónde se va, sino remar aunque no se vea tierra.
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Un cine que resucita la esperanza
En tiempos dominados por el ruido digital, Hijos de los hombres sigue siendo una película viva, urgente, dolorosamente actual.
Habla del poder de cuidar, de creer y de seguir, incluso cuando el mundo ha dejado de hacerlo.
Porque mientras haya alguien que defienda una vida, el futuro todavía existe.












