Inicio Multiverso WarHummer40K El Emperador de la Humanidad en WarHammer 40000

El Emperador de la Humanidad en WarHammer 40000

79 minuto leer
4
1,494

El Emperador es el gobernante supremo del Imperio de la Humanidad, adorado como el Dios Emperador por el Culto Imperial y como el Omnissiah por el Culto Mechanicus. Este ser inmortal nació en la Prehistoria de Terra, y lanzó las Guerras de Unificación y la Gran Cruzada para restablecer los lazos entre las colonias humanas aisladas por la Era de los Conflictos. Sin embargo, la mitad de los Primarcas que creó se rebelaron contra él bajo el mando de su favorito, el Señor de la Guerra Horus, y aunque la cruenta guerra civil conocida como la Herejía de Horus concluyó con la muerte del Architraidor, el Emperador quedó físicamente destrozado y hubo de permanecer conectado para siempre a los sistemas de soporte vital del Trono Dorado, sin poder comunicarse ni reaccionar como un ser vivo. Desde entonces han pasado diez mil años, pero su dominio sigue aplicándose a lo largo y ancho de la galaxia por sus sucesores, los Altos Señores de Terra.

 

Primeros tiempos

«Solo puede haber un Emperador, un dios, un salvador, un libertador. Sin Él, mil millones de millones de almas no son más que alimento para los siempre sedientos males de la disformidad.»

Ecclesiarca Theodacus V

Gracias al Culto Imperial a millones de personas les son familiares las fábulas sobre el Emperador. Los niños cantan sus alabanzas y escuchan historias sobre su vida. Este es el Emperador que la humanidad conoce: El Emperador del Culto Imperial. Tal es el poder del culto y tan grande es la necesidad del hombre de creer en su autenticidad que nadie cuestiona su autoridad.

En cuanto al Emperador, no ha hablado ni se ha movido en los últimos diez mil años. Así, la verdadera historia de la extraordinaria vida del Emperador previa a su encarcelamiento en el preservador Trono Dorado ha sido ahora casi completamente maquillada por la pía doctrina de la Eclesiarquía.

Según Realm of Chaos: The Lost and the Damned

El Emperador nació en la región de la tierra conocida como Anatolia Central en el octavo milenio antes de Cristo, un lugar de áridas montañas y fríos arroyos. Con el despertar de la Disformidad, la humanidad yacía desnuda ante sus energías.

La disformidad es un universo alternativo compuesto enteramente de energía psíquica generada por los pensamientos, emociones y actividad intelectual de los seres vivientes. La disformidad, en mucha menor medida, está también influida por plantas y animales. A veces se la conoce como el Mar de Almas debido a su espiritual reflejo de la vida, pero también es conocido como el Reino del Caos o el Empíreo. Cuando el universo era joven, la disformidad estaba compuesta por las energías de plantas y primitivos animales y esas energías psíquicas eran relativamente inofensivas; fluían armoniosamente y con fluidez a través de todo lo vivo. Con la evolución de los seres inteligentes, sus potentes mentes llenaron la disformidad con energías nuevas y poderosas.

Las energías naturales de la disformidad eran armoniosas pero las almas de los hombres eran problemáticas, obsesivas, guiadas por la culpa, o imperfectas. Estas energías negativas se congregaron en la disformidad, uniéndose a otras por atracción mutua, hasta que formaron problemáticos puntos de disonancia, como si se tratase de un tumor en un animal. Eventualmente estas fuerzas disonantes se convirtieron en los Poderes del Caos, las entidades psíquicas a las que hoy nos enfrentamos y que llamamos demonios. Fueron creados de los miedos, represiones e insuficiencias de los seres inteligentes.

En los primeros tiempos de la vida del Emperador los Poderes del Caos no eran fuertes y solo acumularon poder cientos de años después.

Desde que los primeros humanos primitivos evolucionaron, las especies desarrollaron una especial relación con la disformidad. Los simples cazadores y recolectores de los primeros tiempos reconocieron las fuerzas naturales que fluían a través de todas las cosas vivas. Aquellos que podían predecir el futuro y sentir el flujo de la energía disforme eran conocidos como chamanes o curanderos tribales. Usaron sus poderes para beneficiar a su gente.

Mientras el número de humanos se incrementaba y la civilización humana crecía desde sus raíces naturales, las particulares energías disformes creadas por los humanos comenzaron a dominar la disformidad. Allí donde las energías de la naturaleza eran armoniosas y benignas, las energías de los hombres eran a menudo impredecibles y peligrosas. Poder, ambición, codicia, lujuria y cientos de otros sentimientos humanos enraizaron en la disformidad y comenzaron a crecer. Al hacerse más poderosos y numerosos los pensamientos de los hombres, los ritmos naturales de la disformidad se vieron interrumpidos y se volvieron menos accesibles a los chamanes. Inevitablemente, el proceso de civilización dañó los lazos de la humanidad con las fuerzas naturales de la disformidad, y crearon otras nuevas basadas en su propio carácter. Con el tiempo las fuerzas disonantes crecieron y se transformaron en los Poderes del Caos.

El Emperador nació mientras el ritmo de la Disformidad aún fluía con fuerza a través de todas las cosas naturales. Los viejos chamanes eran guiados por la disformidad y en su vuelta guiaban a su pueblo. Pero el crecimiento del poder de la humanidad se estaba dejando sentir, y los chamanes temían que todo su conocimiento llegara a desaparecer. Las energías de las que dependían se volvían más y más difíciles de controlar. Aún peor, estaban perdiendo su habilidad para reencarnarse. Cuando un chamán moría su espíritu fluiría por la disformidad, bañándose en sus energías, esperando el momento en que encontrara un nuevo cuerpo. Por este motivo los chamanes nunca morirían. Pero ahora esas almas eran consumidas por los malignos Poderes del Caos.

Aterrorizados por el futuro de su raza, todos los chamanes de la tierra se reunieron en un lugar y comenzaron el más largo e importante debate en la historia de la humanidad, un cónclave que transcurrió durante varios siglos y que condujo al nacimiento de un nuevo hombre.

Después de cientos de años de debates e investigación los chamanes se dieron cuenta de que estaban malditos, pero que sin ellos la raza humana no sobreviviría. Si continuaban como hasta entonces solo serían capaces de sobrevivir una o dos reencarnaciones y una vez finalizado dicho plazo, las entidades psíquicas podrían llegar a consumir el planeta.

Los chamanes decidieron reunir sus propias energías reencarnándose en un único cuerpo. Los cientos de chamanes del cónclave realizaron un ritual el cual culminaron tomando al unísono un poderoso y letal veneno. Todos ellos, sin ninguna excepción, murieron en aquel momento y su estirpe raza desapareció para siempre de la tierra. Un año después nació un hombre, la reencarnación de todos los chamanes. Ese hombre insólito sería posteriormente conocido como el Emperador.

El Emperador era poseedor de innumerables dones. Era capaz de aliviar el sufrimiento de otros y leer las mentes de las personas. Pero lo más importante, era inmortal y por lo tanto viviría para siempre. Los chamanes se aseguraron especialmente de esto porque el fenómeno de la reencarnación sería imposible de conseguir muchos siglos después. Al ser inmortal el Nuevo Hombre no tendría necesidad de reencarnarse de nuevo. Permanecería inalterado toda la eternidad.

Según el trasfondo en vigor

El Emperador es un Perpetuo; un ser humano inmortal, que nunca envejecía y que era capaz de curarse de casi cualquier lesión gracias a su regeneración celular extraordinariamente rápida y eficiente.

Erda, una Perpetua que había sido compañera del Emperador desde los primeros días de la historia humana, consideraba que los Perpetuos habían surgido de forma natural como el siguiente paso de su evolución, refiriéndose a ellos como Homo Superior.

La propia Erda conoció al Emperador en Terra, en un distante pasado, cuando este era un gobernante conocido como Neoth. Erda llegó a adorar al Emperador y se convirtió en una de los muchos perpetuos que lo ayudaron en su tarea. Sin embargo, con el tiempo, la arrogancia del Emperador y los riesgos que tomó para acelerar el futuro de la Humanidad hicieron que la mayoría de los Perpetuos lo abandonaran. Algunos como Erda y Malcador se quedaron a su lado, pero las salidas llevaron al Emperador a comenzar a crear Perpetuos artificiales leales para asegurarse de que su plan tuviera éxito.

Se cree que el Emperador esperaba en esta época que la Humanidad fuese capaz de triunfar sin su liderazgo directo, pero que impulsó en muchos momentos puntuales grandes avances científicos.

En estos tiempos antiguos se tienen constancia de dos acontecimientos. Por un lado, una «alianza» de proto-Cognitae creó en Babilonia un reino en el que se esclavizaba a los habitantes mediante Enuncia, una especie de idioma de la creación. Faltaba poco para que dominasen tal idioma por completo, por lo que el Emperador y Oll Persson; otro Perpetuo y primer Señor de la Guerra del Emperador, lanzaron un ataque y escalaron la torre de los proto-Cognitae. Los Cognitae fueron derrotados, pero cuando llegó el momento de decidir qué hacer con Enuncia, surgió una discusión entre Oll, que quería destruirlo, y el Emperador, que quería conservarlo. Ambos pelearon y, aunque lo siguiente en la narración está entremezclado con los sueños de Oll, se entiende que el Emperador consiguió lo que buscaba.

Poco después, el Emperador se enfrentó en Cirene al Dragón de Marte. Este Dragón podría tratarse de uno de los Fragmentos del C’tan Mag’ladroth, el Dragón del Vacío. El Emperador venció pero afirmó que era incapaz de destruir completamente al Dragón, por lo que en algún momento de la Edad Oscura de la Tecnología, durante el milenio 16, lo llevaría a Marte para encerrarlo en el Laberinto de Noctis, lo que supuso el origen del Culto Mechanicus.

En este milenio 16 se produjeron otros dos acontecimientos fundamentales. El primero fue el viaje del Emperador, junto con otros Perpetuos, al planeta Molech. Allí encontraron una puerta de entrada al Reino del Caos por la que el Emperador se introdujo. Así hizo algo sorprendente: un trato con los Dioses Oscuros, para impregnarse de nuevos poderes y adquirir el conocimiento necesario para crear a los Primarcas

Según las palabras de Erebus en la novela Falsos Dioses (a las que quizá no habría que dar plena veracidad), el Emperador obtuvo estos poderes de alguna clase de pacto con los Dioses Oscuros que después no cumplió. Una explicación podría ser que, al parecer, los Dioses del Caos a duras penas entienden el mundo material y necesitaban a alguien que lo controlase por ellos. Según esta teoría el Emperador se ofreció a ello, pero después no cumplió su parte del acuerdo.

El segundo acontecimiento, también durante la Edad Oscura de la Tecnología, fue que la humanidad luchó encarnizadamente contra las Inteligencias Artificiales, también llamadas «hombres de hierro»; conflicto que tuvo que ser especialmente duro porque, milenios después, el Emperador prohibió el uso de las I.A. Tras esto la humanidad cayó en la anarquía y, debido a las tormentas de disformidad, la Tierra perdió el contacto con sus colonias. El gobierno central que había gobernado la Tierra se vio fragmentado en varios imperios gobernados por locos tiránicos denominados Señores Tecnobárbaros. El hambre, la miseria y las matanzas se convirtieron en algo habitual. Fue en este momento en el que el Emperador desveló su verdadera naturaleza a la humanidad.

La lucha contra el Caos

«Hablo de reyes, Ra. Dadores de leyes, gobernantes de culturas. No solo aquellos que dan órdenes, sino aquellos cuyas decisiones mantienen unida a una civilización. Esta fue la noche en que me di cuenta de que la Humanidad debe ser gobernada. No se podía confiar en que prosperara sin un maestro. Necesitaba ser guiada y moldeada, sujeta a leyes y dispuesta a seguir el curso trazado por sus mentes más sabias.»

El Emperador, en una conversación con Ra Endymion, tribuno de los Hykanatoi del Adeptus Custodes,

Podríamos decir que el Emperador siempre tuvo como fin último la lucha contra los Dioses Oscuros, una larguísima partida de ajedrez en la que cada movimiento tardaba milenios en producirse, y en la que el fin siempre justificaba los medios. En ese contexto, el posible pacto engañoso del Emperador con los Dioses del Caos tendría justamente este propósito.

En este sentido la lucha del Emperador contra el Caos desde su revelación se concentra en tres ejes fundamentales: La unión de toda la raza humana bajo un único mando, lo cuál requería la creación de generales y soldados como los Primarcas y los Astartes; el debilitamiento de los Dioses del Caos mediante la adopción de la Verdad Imperial por todo mundo conquistado; y el propósito de apartar a sus generales y ejercitos de la influencia disforme mediante el Concilio de Nikaea y el proyecto de la Telaraña Humana como modo de viaje intergaláctico alternativo.

Conquista: Primarcas, Guerreros Trueno y Astartes. Guerras de Unificación

Todo sueño necesita una base sobre la que construir, y esa sería Terra. Durante dos siglos, el Emperador, Malcador y sus ejércitos conquistarían a sangre y fuego cada metro del planeta natal de la Humanidad en las conocidas como Guerras de Unificación. Mas este tapiz también serviría como campo de pruebas de otro sueño: el Proyecto Supersoldado. Desde el lejano pasado, como se ha mencionado, el Emperador había ido reclutando Perpetuos con objeto de explotar sus habilidades (y tenerlos de su lado), y entre estos destacaría Erda, y Astarte como humana mejorada. Si bien Erda sería la encargada del Proyecto Primarca, la creación de 20 seres a medio camino entre el propio Emperador y la Humanidad misma; Astarte sería indispensable para dotar a dichos seres de los ejércitos que necesitarían para la conquista de las estrellas.

Del Proyecto Primarca muy poco se sabe en cuanto a la tecnología o medios empleados, pero el resultado del mismo es evidente: un éxito, aunque malparado según algunos por las acciones de Erda, quien no estaba del todo convencida de los planes del Emperador y decidió darles a estos extraordinarios chiquillos el regalo del libre albedrío hasta que su “creador” les encontrase.

Como toda obra, los éxitos no siempre están asociados al primer intento, y en el caso del Emperador y Astarte la primera generación de supersoldados no fueron tanto una solución como un campo de experimentación: los Guerreros Trueno. Si los humanos fueron la base de los ejércitos de la Unificación, estos supersoldados serían sus tropas de asalto y choque, imbatibles en el combate pero con defectos genéticos que les hacían acreedores de una esperanza de vida corta.

Los Guerreros Trueno lucharían en todos los continentes y se enfrentarían a cualquier cosa que los señores tecnobárbaros les lanzasen, pero en las postrimerías de las Guerras de Unificación ya se empezaron a ver tropas muy diferentes a estos: más rápidas, más inteligentes y más fiables: los Marines Espaciales. La Batalla de Ararat es oficialmente la última de los Guerreros de Trueno; la realidad es que fue el lugar donde se les purgó. Aunque se les mencionaría en acciones posteriores, tales sucesos han sido convenientemente ensombrecidos por la siguiente fase del plan del Emperador.

Con Terra en sus manos y una fuente constante de Marines Espaciales, la conquista del Sistema Sol podía empezar, utilizando diplomacia (Marte) o espada (Luna). La Gran Cruzada podía comenzar, pero era necesario que cesasen las tormentas de disformidad que asolaban Terra.

La Caída de los Eldar

La raza eldar, que se había abandonado a sí misma en pos de su autocomplacencia y autosatisfacción, se vio sorprendida por el nacimiento de un nuevo Dios del Caos a partir de los defectos de su psique. El alarido psíquico proveniente del nacimiento de Slaanesh aniquiló a un gran número de eldar y llevó a la locura a muchos otros. La disformidad se retorció en su seno y las tormentas que asolaban Terra se dispersaron en cuestión de horas.

El Emperador, que llevaba milenios esperando aquel momento vio entonces su oportunidad de conquistar el universo y reencontrar a sus queridos hijos, perdidos años atrás.

La Gran Cruzada

«Venid. Tenemos una galaxia que conquistar.»

El Emperador, a los Marines Espaciales tras la quema de la última iglesia de Terra.

En el momento en que las tormentas de la disformidad terminaron, los Marines espaciales y otras fuerzas Imperiales estaban listas para reconquistar la galaxia. Las fuerzas del Caos eran ya poderosas, y muchos mundos humanos habían sido tomados por adoradores del Caos u otros alienígenas. Era un esfuerzo duro y largo, pero con cada victoria el joven Imperio crecía más fuerte mientras nuevos guerreros se unían a la Gran Cruzada.

Comandando su nuevo ejército, los marines espaciales, y afianzando las bases del Imperio que es la humanidad hoy en día, el Emperador inició su expansión por la Galaxia, anexionando territorios como por ejemplo el mundo forja de marte y recuperando otros mundos de las garras de los orkos, de los demonios o incluso de las garras de gobernantes humanos corrompidos por la codicia o los dioses del caos.

La humanidad, que había estado perdida sin el faro de la luz que representaba su Emperador, había seguido expandiéndose pese al aislamiento de Terra por toda la galaxia, usando naves perdidas en la disformidad durante sus primeros conflictos, o desde planetas que se consideraron perdidos cuando las tormentas de disformidad asolaron Terra o recubrieron los mismos.

Algunos de estos planetas habían retrocedido milenios en cuanto a su evolución, y adorando pequeñas reliquias de su antiguo origen se habían conservado en un estado primitivo casi cavernícola. Otras sin embargo habían retrocedido algo menos y se erigían en un sistema feudal y con una tecnología similar a la de la edad media. Las menos conservaban la tecnología más moderna y un gobierno parecido al antiguo de la Tierra pese a no haber tenido contacto con ella durante milenios.

En cada planeta que iba reconquistando, el Emperador anexionaba más hombres a su causa y recuperaba más almas perdidas de la humanidad liberándolas de su esclavitud para con los dioses del caos, esclavos de razas menores alienígenas o de dictadores sin escrúpulos. A cada planeta que llegaba, el horror era cada vez mayor con una rama de la humanidad más corrompida aún por el caos. En algunos casos la única opción que quedaba al Emperador era exterminar el planeta entero con un bombardeo orbital.

La Gran Cruzada llevó al emperador a sus límites en su esfuerzo por reunificar a la humanidad dispersa y abandonada a su suerte por todo el universo… Hasta que encontró al primero de sus hijos y al más brillante de todos ellos, Horus, que se juró a sí mismo ganarse el corazón de su padre y ayudarle en su gran obra.

Las conquistas iniciales se centraron allí donde los Primarcas habían sido arrojados. Usando sus poderes psíquicos el Emperador los localizó gradualmente y los reunió con sus respectivos capítulos de Marines Espaciales.

Los Primarcas no parecían haber sido afectados por su contacto con el Caos, habiendo crecido para derrotar a grandes líderes y guerreros de las comunidades humanas locales. Con los Primarcas comandando las legiones la Gran Cruzada se extendió sobre la galaxia y la humanidad comenzó a reconstruir su antigua herencia. El Caos se retiró a su propio reino en el Ojo del Terror.

Poco a poco, aprovechando las virtudes y devoción de sus hijos Primarcas, la humanidad tuvo su época dorada. No había fuerza capaz de resistir el avance de la humanidad guiada por la luz de su Emperador, comandada por sus Primarcas, tratados como divinidades a los ojos de un humano corriente, y el implacable avance y la eficiencia de los marines espaciales. Semidioses y fervientes protectores de la humanidad.

La Verdad Imperial

 

Una de las medidas que adoptó el Emperador y que tuvo mayor alcance y en la que se ven reflejadas sus convicciones y puntos de vista fue el de prohibir las religiones imponiendo en su lugar la Verdad Imperial, basada en la ciencia y en la lógica. En su momento, el Emperador le dijo a Horus que en la antigua Terra había antorchas, que eran los maestros; y extintores, que eran los Sacerdotes.

La Verdad Imperial es una filosofía atea creada por el Emperador, basada en la racionalidad, el saber científico y el progreso, rechazando toda forma de religión y de adoración pagana, negando la existencia de dioses, espíritus y demonios. La Verdad Imperial también promulgaba el dominio indiscutible de la raza humana sobre la galaxia por encima de cualquier otra raza xenos, a las que consideraban una amenaza directa.

La Verdad Imperial fue impuesta por el Emperador como la filosofía a seguir por toda la civilización humana; y durante la Gran Cruzada, a medida que se iban conquistando o anexionando mundos habitados por humanos, se les instruía en la Verdad Imperial, quisieran o no, dejando en el olvido sus antiguas creencias religiosas.

Esta medida fue lo que lo llevaría a tener que reprender duramente a Lorgar, uno de sus hijos Primarcas y jefe de los Portadores de la Palabra, una legión que veía al Emperador como un dios, y que creía que debía de haber algún motivo por el cual los seres humanos tienen tendencia a adorar a algo allá donde estén.

Al destruir el Emperador sus creencias, Lorgar se lanzó a realizar La Peregrinación, el viaje al lugar donde dioses y hombres podían coexistir. Éste viaje les llevó al Ojo del Terror, donde descubrieron la falsedad de la Verdad Imperial y los lanzó a la adoración del Caos, creando una brecha entre las filas imperiales y teniendo como resultados últimos la Herejía de Horus y la guerra civil.

De hecho, tal y como se extrae de las palabras de Erebus cuando trata de convencer a Horus en Davin, parece que la táctica del Emperador estaba teniendo mucho éxito y que los Dioses del Caos se encontraban debilitados.

Sin embargo, y aunque la Verdad Imperial es en esencia una mentira ya que el Emperador conocía la existencia de la Disformidad y los Dioses Oscuros, existía un buen motivo para predicarla.

El Emperador, quien había sido responsable del desarrollo de varias de las principales religiones de la Vieja Tierra, había dedicado toda su existencia a buscar el bien para la Humanidad. Y aun así, una vez tras otra había visto cómo los principios que él había propuesto en forma de religión eran tergiversados por la naturaleza humana, transformando una fe basada en el amor y el respeto mutuo en un credo sangriento de violencia, represión, asesinato y guerra santa que sólo reforzaba a los Dioses del Caos.

Por lo tanto, decidió promulgar la Verdad Imperial para cortar la fuente de energía del Caos, y así debilitar en gran medida el poder de los Dioses del Caos en el espacio real.

Durante un tiempo fue un éxito, pero los sucesos de la Herejía de Horus frustraron los esfuerzos del Emperador, y tras su confinamiento en el Trono Dorado, irónicamente lo encumbraron como al dios de la humanidad, dando nacimiento al actual Culto Imperial.

Con el correr del tiempo, sin embargo, parece que el Emperador cambia su perspectiva sobre la religiosidad, al brindar ayuda mediante sus poderes a agentes del Imperio tales como los Santos en Vida y al producir «milagros» que se narran en algunos libros de relatos de Warhammer 40,000 (por ejemplo, en Los Fantasmas de Gaunt).

Evitando la Disformidad: Concilio de Nikaea y Proyecto “Telaraña Humana”

«¡Ay de aquel que ignore mi advertencia o pierda su fe en mi! Pues será mi enemigo y enviaré tal destrucción sobre él y todos sus seguidores que, hasta el final de todas las cosas, lamentará el día en que se apartó de mi luz.»

El Emperador, durante el Concilio de Nikaea.

Mientras que la Verdad Imperial no dejaba de ser un exitoso método para debilitar a los Dioses del Caos y apartar a la humanidad de su influencia, el Emperador hizo un esfuerzo deliberado por mantener a sus hijos los Primarcas, y a sus legiones, ignorantes de esas realidades. Hasta tal punto que uno se pregunta, tras la lectura de las novelas, si pudo ser incluso contraproducente. Cabe conjeturar que todo podría remontarse al mencionado pacto de Molech entre los Dioses del Caos y el Emperador, que este no cumplió, y que fue primer causante de la creación de los Primarcas. Tal vez siempre temió que el Caos los reclamara de algún modo.

La excepción a esta política de ocultación de la verdad fue Magnus el Rojo. Magnus había sido bien instruido por el propio Emperador desde bebé en los misterios disformes, aunque no se le reveló más que la información que necesitaba conocer en cada momento. En parte debido a esto, y en parte a su naturaleza curiosa, Magnus no entendía el uso de los poderes psíquicos como algo que conllevaba riesgos importantes, sino solo como una oportunidad que estaba ahí para ser aprovechada.

Este choque entre los deseos de Magnus y los límites establecidos por el Emperador tuvo su culmen en el Concilio de Nikaea, un episodio muy conocido del trasfondo. En él, el Emperador prohibió que cualquier capítulo astartes hiciera uso de poder psíquico alguno más allá del estrictamente necesario para los Navegantes y los Astrópatas; prohibiendo así a los Bibliotecarios. Todo el credo y costumbres de los Mil Hijos giraba precisamente en torno al estudio de lo disforme, por lo que al poco tiempo esquivaron esta prohibición secretamente.

Por otro lado, Magnus no supo de la existencia de la Telaraña Eldar hasta que él mismo la descubrió y, al ir a comunicárselo al Emperador, este aseguró con naturalidad que ya estaba al corriente.

Esta Telaraña consiste en una serie de caminos tremendamente veloces a través de la disformidad pero separados de ella; tal como autopistas valladas que cruzan una inmensa llanura poblada por toda serie de bestias. Esta red de comunicaciones instantánea fabricada en el cénit de la civilización Eldar recorría toda la Galaxia e incluso llegaba más allá, pero con el paso de los milenios secciones enteras han quedado dañadas o imposibles de transitar.

Los planes del Emperador, que podríamos llamar “Proyecto Telaraña Humana”, consistían en rehabilitar la entrada a la Telaraña Eldar que se encontraba en Terra, para progresivamente adaptar y convertir esta red en el medio de transporte estándar para los viajes intergalácticos de la humanidad, dejando atrás los inseguros saltos disformes.

Cuando se ganó la batalla de Ullanor contra un enorme imperio orko, el Emperador entendió que no quedaban más enemigos de envergadura que entorpecieran el resto del camino de la Gran Cruzada; de modo que la dejó en manos de Horus y volvió a Terra a ejecutar su proyecto.

Lo planeado era que fuese Magnus quien se sentase en el Trono Dorado y sirviera de eje de todo este proyecto tras la Gran Cruzada, pero nada de esto se le comunicó hasta que fue demasiado tarde.

Cuando Magnus conoció de la traición de Horus, decidió vulnerar las defensas psíquicas de Terra con tal de comunicar la noticia al Emperador. Consideró que su violación del Edicto de Nikaea quedaría más que compensada por la importancia de las noticias que portaba.

Pero al desconocer los trabajos que se realizaban en la Telaraña su intrusión hizo saltar por los aires las defensas psíquicas establecidas; y legiones enteras de demonios trataron de invadir Terra en la llamada “Guerra dentro de la Telaraña”. Tal guerra obligó al Emperador a permanecer anclado al Trono Dorado durante toda la Herejía de Horus, tratando de estabilizar el Portal de la Telaraña, mientras los Custodios y las Hermanas del Silencio morían intentando rechazar a las hordas disformes y reparar el daño. Finalmente resultó imposible, y no quedó otro remedio que sellar la entrada y mantener eternamente sentado al Emperador de la Humanidad en el Trono Dorado, para evitar que el sello se desplomase y Terra fuese inevitablemente convertida en un Mundo Demoníaco.

La Herejía de Horus

«La guerra ha terminado, Diocleciano. Gane o pierda, Horus nos ha condenado a todos. La humanidad compartirá su ignorancia hasta que el último hombre o mujer exhale el último aliento de la especie. La disformidad será para siempre un cáncer en el corazón de todos los seres humanos. El Imperio puede durar cien, mil, o diez mil años. Pero caerá, Diocleciano. Caerá. El sendero luminoso nos ha sido arrebatado.»

El Emperador, en una conversación con Diocleciano Coros, Prefecto de los Hykanatoi del Adeptus Custodes, tras el final de la Guerra en la Telaraña.

Tanto éxito estaban teniendo inicialmente los planes del Emperador que los Dioses del Caos hicieron algo insólito: aparcar temporalmente sus eternas diferencias y prestar una pizca más de atención al mundo material.

De ese modo, encontraron a alguien más que dispuesto a servirles de cabeza de puente: El Primarca Lorgar, que estaba convencido de la existencia de algo más allá de la Verdad Imperial y que había sido desairado por su anterior dios, el mismísimo Emperador.

De ese modo, Lorgar encontró unos nuevos dioses que sí querían su adoración. Con la ayuda de Erebus, puso todo su empeño en envenenar a las otras Legiones Astartes mediante las logias; y a poner a Horus, elegido Señor de la Guerra tras Ullanor, en contra del Emperador.

Tremendamente ocupado con su proyecto de la Telaraña Humana en Terra y cegado por la confianza en Horus y por las maquinaciones de los traidores, el Emperador no vio venir la rebelión de Horus antes de que se produjera.

Sin embargo, los sucesos de Istvaan III, con el levantamiento de cuatro Legiones y la purga de sus elementos leales, no dieron realmente al traste con los planes del Emperador. La Gran Cruzada estaba casi finalizada, la Verdad Imperial bien asentada, el Proyecto Telaraña Humana a punto de ser viable, y muy pronto no serían necesarias tantas Legiones Astartes. De hecho, en el pasado el Emperador ya había purgado a los Guerreros Trueno y a al menos una de las dos Legiones Perdidas cuando dejaron de ser útiles.

Al enterarse de la traición de su hijo predilecto el Emperador quedó consternado, y tomó una decisión apresurada: Enviar a siete Legiones supuestamente leales a acabar con las cuatro Legiones traidoras mermadas por la purga. También dio órdenes de traer a Horus prisionero a Terra, donde ya tenía una celda especial preparada. La Guerra en la Telaraña estaba en pleno auge y requería toda la atención del Emperador, por lo que eso bastaría para despachar el asunto.

Fue la Masacre del Desembarco de Istvaan V, en la que otras cuatro legiones cambiaron de bando en pleno combate y masacraron a los Manos de Hierro, los Salamandras y la Guardia del Cuervo, el acontecimiento que cambió por completo el escenario e inició la debacle.

Desde ese momento, un Emperador anclado por necesidad al Trono Dorado y unas fuerzas leales débiles y dispersas solo pudieron contemplar cómo los Traidores ganaban terreno progresivamente; a tal punto que, sin saber si Terra había caído o no, el Primarca Guilliman creó temporalmente el Imperium Secundus.

Iniciado ya el asedio a Terra, el Emperador se vio en una situación desesperada: En franca inferioridad numérica, con unos enemigos a punto de acceder al interior del Palacio Imperial, el Trono Dorado constantemente necesitado de la atención de un psíquico de primer nivel para que el sello no se derrumbase, y desconociendo que se acercaban refuerzos leales debido al bloqueo psíquico hereje.

Entonces, lo insólito: El Espíritu Vengativo, la nave insignia de Horus, bajó sus escudos, permitiendo el abordaje mediante teletransporte. Al Señor de la Humanidad solo le quedó una opción: Sacrificar a Malcador, pidiéndole que se sentase en su lugar en el Trono Dorado; y aprovechar esa oportunidad para asaltar la nave, tratar de vencer a Horus y así dejar sin cerebro el asalto Traidor.

Sin embargo, las fuerzas disformes hicieron que el teletransporte a la nave resultase un desastre; y cada fuerza leal acabó demasiado lejos de las demás. Sanguinius murió al ser el primero en enfrentarse a Horus. Llegado el Emperador, y en medio de un combate en el que Horus contaba con pleno apoyo de los Dioses del Caos, Oll Persson fue también asesinado por el Señor de la Guerra.

Fue solo en ese momento cuando un Emperador ya herido de muerte logró reunir fuerzas suficientes para eliminar física y psíquicamente a Horus, y ser recogido por el primarca Rogal Dorn.

En el retorno a Terra, Malcador se desvaneció en polvo debido al increíble esfuerzo que le había supuesto mantenerse en el Trono Dorado. Es en ese momento en el que el Emperador ordena convertir esta maquinaria arcana en un dispositivo de soporte vital, para poder mantener sellado para siempre el acceso de las fuerzas demoníacas a Terra y encendido el Astronomicón.

En ese punto la inmensa mayoría de Primarcas estaban ya muertos o corrompidos más allá de todo remedio, la Verdad Imperial demostrada como falsa y a punto de ser sustituída por el Culto Imperial, y el Proyecto Telaraña Humana convertido en algo irrealizable para siempre.

Y un hecho mucho peor: Horus había herido al Emperador de algún modo que le impedía regenerarse, tal y como es natural en los Perpetuos. Como la serie de novelas de la Herejía de Horus aún no ha narrado ese combate, no hay modo de saber exactamente cómo sucedió. Puede que se tratase de algún arma similar a la lanza llamada Fulgurita, o quizá algo totalmente diferente.

En cualquier caso, lo único que queda sobre el Trono Dorado es un cuerpo marchito, cuyas pocas células aún vivas y el sacrificio diario de miles de psíquicos logran que la conciencia ya enloquecida del Emperador tenga aún capacidad de mantener cerrado el sello.

La Herejía de Horus dio al traste con todos los planes del Señor de la Humanidad. El Imperio lleva diez milenios viviendo de tiempo prestado, sin esperanza a largo plazo y con un Trono Dorado afectado por fallos imposibles de reparar.

No existe en este momento en el trasfondo en vigor nada que nos permita pensar en un arreglo de esta situación. Existe un Ordo de la Inquisición denominado Thoriano, que tiene planes de canalizar el espíritu del Emperador en un individuo aceptable para que así resucite. Lo que no saben es que tal acontecimiento dejaría sin ocupante al Trono Dorado, y al sello sin protección.

Tras la muerte de Horus, los Dioses del Caos apartaron su atención del mundo material, rompieron su tregua y siguieron con el Gran Juego.

Las últimas noticias de que se dispone del estado del Emperador en el milenio 41 provienen de un encuentro con el Inquisidor Jaq Draco. El Inquisidor logró acceder ante el mismísimo Trono Dorado y presentarse ante el cuerpo del Emperador para informar de una peligrosa conspiración en el seno de un sector Inquisitorial radical llamado Ordo Hydra. Draco comulgó telepáticamente con el Emperador, le informó del plan y le pidió que tomase medidas para prevenir que diese frutos. Sin embargo, la audiencia con el Emperador fue una experiencia que dejó a Draco confuso acerca de la estabilidad de la mente del Emperador dentro de la Disformidad y dudando de que el Imperio pudiera ser capaz de superar las muchas amenazas a su existencia. La mente del Emperador había enloquecido tras diez mil años de terrible esfuerzo manteniendo cerrado el sello y encendido el Astronomicón.

«El universo aún tiene muchos horrores que arrojarnos. Este no es el final de nuestra lucha; es solo el comienzo de nuestra cruzada para salvar a la humanidad. ¡Sed fieles! ¡Sed fuertes! ¡Estad atentos!»

Últimas palabras del Emperador tras sentarse en el Trono Dorado, acabada la Herejía de Horus.

Trasfondo antiguo: El Niño Estelar

Al flotar a la deriva por la disformidad, el espíritu del Emperador se disolvió gradualmente en la corriente de energía, volviendo a la fuerza cósmica de la naturaleza del Empíreo en su forma incorrupta. Sólo un pequeño núcleo de la humanidad del Emperador permaneció completo, como si fuera un pequeño niño sacudiéndose sobre la corriente de una colosal tormenta en una pequeña barca de juncos.

Mientras el alma del Emperador sobreviva aún hay esperanza para la humanidad. Tal y como el Nuevo Hombre nació de las almas colectivas de los chamanes de la antigüedad, el alma del Emperador podría renacer un día. Pero ese día permanece lejos en el futuro. Sólo cuando los lamentos clamen por un nuevo salvador y fortalezcan suficientemente el núcleo del alma del Emperador, lo llevarán de nuevo a la vida.

Mientras tanto, el alma del Emperador es un mero potencial, un niño esperando a nacer: el Niño Estelar. Los humanos que quedaron a cargo del Imperio no tienen una idea real de lo que le ocurrió al Emperador. El concepto de que podría renacer nunca se les ocurrió. Para los gobernantes del Imperio, el Emperador continúa vivo mediante sus indiscutibles poderes.

Sólo unos pocos individuos elegidos conocieron dicho secreto a lo largo de los milenios, y se convirtieron en la muy secreta hermandad de los Iluminati. Los Iluminati esperan el nacimiento del Niño Estelar y la segunda venida del Nuevo Hombre. Ellos saben que su conocimiento los convierte en peligrosos herejes a los ojos del Imperio, y consecuentemente mantienen un estricto secreto sobre sus actividades. Permanecen como una fuerza secreta en el espacio humano, realizando sus acciones por detrás de la maquinaria del gobierno y el comercio, preparando el camino para el renacimiento del Nuevo Hombre.

Personalidad del Emperador

El Emperador, supremo gobernante de la raza humana y el mayor organizador de la misma, resulta una personalidad interesante. Antes de su Ascensión al Trono Dorado es visto como un individuo contradictorio, pues alterna el comportamiento de una divinidad benevolente con las debilidades de un ser humano común: en otros momentos se le podría juzgar como un ser despótico. Se sabe que es incapaz de sentir emociones negativas tales como el miedo, el odio, la ira, etc.; sin embargo, en su trato con los Primarcas se muestra obsesivo, inconsecuente, apasionado, en ocasiones irracional, ignora ciertos hechos que cualquier otro hubiera dado por sentado, confía allí donde otros hubieran recelado… Basta destacar su duelo final con Horus, en el cual su principal pensamiento es la preocupación y deseo de redención por su hijo pródigo, que se ha pasado al bando contra el que ha luchado con denodado esfuerzo. Y sólo al ver la crueldad de la que es capaz Horus al asesinar a su hermano primarca Sanguinius de los Ángeles Sangrientos y después de que éste hubiera tenido que atravesar una nave poseída por las fuerzas del Caos para llegar a donde estaba su señor, lo mueve a actuar.

Incluso durante el Asedio de Terra, el Emperador intentó convencer a sus hijos traidores de que volvieran a su lado. Ofreció a Magnus el mando de los Caballeros Grises. Sanguinius sabía que el Emperador ofrecería a Konrad Curze el perdón llegado el caso, así que lo impidió.

Esto nos revela el verdadero ser del Emperador, un humano con poderes divinos, cierto, pero también con una misión y deberes que implican una pugna contra todo un universo hostil a la humanidad. En el fondo, se podría decir que la capacidad de amor del Emperador hacia la humanidad es su mayor debilidad pero también su mayor fortaleza; sin aquel amor casi ciego (un deseo de amar alimentado por años de soledad y de ver a los seres queridos morir, pues se sabe que el Emperador tuvo varias familias durante su milenaria vida y muchas personas a las cuales apreció) probablemente hubiera podido detener a los rebeldes dirigidos por Horus antes de que produjeran demasiado daño; pero también sin ese mismo amor apasionado, tan comprometido con salvar a la humanidad de su propia corrupción (manifestada en las fuerzas del Caos) no hubiese tenido la motivación para luchar tanto y tan denodadamente por la raza humana y perseverar en su empeño de darle un futuro mejor.

Comentarios

Comentarios

Cargue Artículos Más Relacionados
Cargue Más En WarHummer40K
Comentarios cerrados

Mira además

Todo sobre la serie de novelas La herejía de Horus de Warhammer 40.000

La Herejía de Horus es una saga oscura de ciencia ficción militar que transcurre en un fut…