Los inmortales: cuando la eternidad se vuelve condena
Hay películas que envejecen con el tiempo, y otras que parecen resistirlo como sus propios protagonistas.
Los inmortales (Highlander, 1986), dirigida por Russell Mulcahy, pertenece a esta segunda clase: una obra que combina la acción fantástica con una meditación sobre el paso del tiempo, el honor y la soledad de los hombres destinados a vivir para siempre.
Su lema es ya leyenda:
“Sólo puede quedar uno.”
Pero tras esa frase de guerra se oculta una reflexión más profunda: la inmortalidad no es un don, sino una carga.
Ficha técnica
Título original: Highlander
Año: 1986
Director: Russell Mulcahy
Guion: Gregory Widen, Peter Bellwood, Larry Ferguson
Música: Michael Kamen / Queen
Fotografía: Gerry Fisher
Protagonistas: Christopher Lambert, Sean Connery, Clancy Brown, Roxanne Hart, Beatie Edney
Duración: 116 minutos
Género: Fantasía, acción, drama épico
El mito del hombre eterno
La historia sigue a Connor MacLeod (Christopher Lambert), un guerrero escocés del siglo XVI que descubre que no puede morir tras una batalla.
Expulsado de su clan por miedo y superstición, encuentra a su mentor, Juan Sánchez Villa-Lobos Ramírez (Sean Connery), quien le revela su destino: pertenece a una raza de inmortales que deben luchar entre sí a lo largo de los siglos hasta que solo quede uno.
La película combina aventura, romanticismo y tragedia con una estética oscura y poética.
Bajo la superficie de combates y espadas se esconde un relato sobre la soledad y la pérdida.
Cada victoria deja tras de sí un vacío: cuanto más tiempo vive, más muere MacLeod por dentro.
Sean Connery: el maestro y el mito
Sean Connery, en el papel de Ramírez, aporta la nobleza que sostiene el alma del film.
Su personaje, mezcla de sabiduría, ironía y fatalismo, enseña a MacLeod que la inmortalidad no significa invulnerabilidad.
Ramírez es el eco de una humanidad perdida, un recordatorio de que el poder sin virtud conduce a la ruina.
Su muerte a manos del Kurgan (Clancy Brown), el inmortal brutal y salvaje, marca el contraste entre dos visiones de la eternidad:
la del hombre que respeta la vida y la del que la devora.
El bien y el mal: dos formas de eternidad
En Los inmortales, el conflicto entre el bien y el mal no es ideológico, sino moral.
El Kurgan representa la inmortalidad vacía: vivir sin propósito, solo por placer o dominio.
MacLeod, en cambio, encarna la virtud del límite, el deseo de hallar sentido incluso cuando el tiempo lo disuelve todo.
Cada duelo entre ellos es un enfrentamiento filosófico: ¿vale más una vida eterna sin alma, o una breve con amor y recuerdo?
La estética de los siglos
Russell Mulcahy —procedente del mundo del videoclip— dotó a la película de una estética única:
montajes paralelos entre la Escocia medieval y el Nueva York contemporáneo, lluvias perpetuas, luces de neón reflejadas en espadas, y una fotografía que mezcla la épica con la melancolía.
Esa mezcla de estilos convirtió a Highlander en una obra de culto.
La violencia se alterna con silencios contemplativos, y la banda sonora de Queen —con temas como Who Wants to Live Forever o Princes of the Universe— aporta una dimensión trágica y romántica.
Freddie Mercury canta lo que la película sugiere:
que vivir eternamente es ver morir a todos los que se ama.
La soledad del inmortal
Connor MacLeod es un héroe condenado a vagar por la historia sin pertenecer a ella.
Ama, pierde, vuelve a empezar.
El tiempo, que para los mortales es un enemigo, para él se convierte en un vacío.
La inmortalidad, presentada inicialmente como privilegio, termina siendo castigo.
El film sugiere que la verdadera plenitud no está en durar, sino en amar y dejar huella.
La vida vale precisamente porque termina.
La redención en la memoria
Cuando finalmente derrota al Kurgan, MacLeod obtiene “el premio”: el conocimiento y la conexión con todos los hombres.
Pero más que un poder, recibe comprensión.
Entiende que ser humano no consiste en no morir, sino en sentir.
Los inmortales termina como empezó: con un guerrero solo frente al horizonte, consciente de que la eternidad no da respuestas.
Solo la memoria de los que amó le da sentido al tiempo infinito.
Una obra entre el mito y la tragedia
En su mezcla de fantasía, romanticismo y filosofía, Highlander logró algo poco común en el cine comercial: crear una mitología nueva con alma clásica.
Su éxito no se debe a las batallas ni a los efectos, sino a su verdad universal:
toda grandeza nace de la pérdida, y toda victoria deja cicatrices.















