A finales de los noventa, cuando Hollywood vivía una edad de oro de los efectos digitales y las narrativas apocalípticas, un director francés irrumpió con una propuesta tan extravagante como visionaria: Luc Besson.
Con El quinto elemento (The Fifth Element, 1997), el cineasta parisino reinventó el género de la ciencia ficción desde una óptica barroca, colorida y profundamente europea.
Lo que podía haber sido un delirio kitsch se transformó en una ópera espacial cargada de humor, estética y filosofía pop, donde el amor —literalmente— es la última defensa de la humanidad.
Más que una película, El quinto elemento es un cóctel de culturas, géneros y lenguajes visuales. Su universo mezcla la épica de Star Wars, la ironía de Blade Runner y la sensibilidad de un cómic francés de los años setenta.
Es una cinta que no envejece: se recodifica constantemente, y cada generación la redescubre con ojos distintos, como una joya psicodélica en la que el arte y la locura se dan la mano.
Ficha técnica
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Título original: The Fifth Element
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Año: 1997
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Director: Luc Besson
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Guion: Luc Besson y Robert Mark Kamen
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Música: Éric Serra
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Fotografía: Thierry Arbogast
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Diseño de vestuario: Jean-Paul Gaultier
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Protagonistas: Bruce Willis, Milla Jovovich, Gary Oldman, Ian Holm, Chris Tucker
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Duración: 126 minutos
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Género: Ciencia ficción, acción, comedia futurista
Luc Besson y su sueño adolescente hecho superproducción
Luc Besson comenzó a escribir El quinto elemento cuando tenía solo 16 años.
Inspirado por cómics europeos como Valérian et Laureline o Metal Hurlant, y por la estética retrofuturista de Moebius y Jean-Claude Mézières, imaginó una historia en la que el destino del universo dependía de la pureza del amor humano.
Tras el éxito de Nikita y Léon: El profesional, Besson logró finalmente llevar a cabo su fantasía juvenil con un presupuesto de 90 millones de dólares, la producción europea más costosa de su época.
Rodada casi íntegramente en los estudios Pinewood (Reino Unido) y en los de Gaumont (Francia), El quinto elemento fue una hazaña de diseño visual y logístico: más de mil trajes, decorados colosales y una combinación pionera de efectos digitales y prácticos.
Su objetivo no era construir un futuro distópico, sino uno exageradamente vivo, donde la tecnología y la espiritualidad colisionan en una sinfonía caótica.
Korben Dallas: el antihéroe humano en una galaxia absurda
El personaje de Korben Dallas, interpretado por Bruce Willis, es el ancla emocional en medio de la locura visual.
Exsoldado convertido en taxista de Nueva York en el siglo XXIII, Korben es un hombre común rodeado de un mundo extraordinario: una ciudad vertical plagada de coches voladores, burocracias absurdas y criminales de colores imposibles.
Willis aporta su carisma habitual, pero también una melancolía contenida. Korben es un héroe cansado que no busca gloria, sino sentido.
Su viaje se cruza con Leeloo (Milla Jovovich), un ser humanoide creado a partir del ADN de una raza ancestral que posee el poder de salvar —o destruir— el universo.
Entre ambos se forma una conexión emocional que trasciende la acción y desemboca en la idea central del film: el amor como fuerza elemental.
Leeloo: el mito del amor encarnado
Milla Jovovich encarna a Leeloo Minai Lekatariba-Lamina-Tchai Ekbat De Sebat, el “ser supremo” y verdadero “quinto elemento”.
Su personaje combina inocencia y poder, fragilidad y divinidad.
Habla un idioma inventado por Besson y Jovovich —una mezcla de sílabas eslavas y fonética improvisada— que simboliza el lenguaje universal de la emoción.
Leeloo no es un objeto de deseo ni una damisela en apuros: es la encarnación del amor como energía vital.
Su llanto final, al comprender la violencia del mundo humano, sintetiza la tragedia moderna: la pureza del sentimiento frente al cinismo de la civilización.
Cuando Korben la besa en la cámara de salvación y ella pronuncia la palabra “love”, el universo entero responde.
Besson convierte el cliché romántico en una revelación metafísica.
Zorg y el mal sin propósito
El villano, Jean-Baptiste Emanuel Zorg, interpretado magistralmente por Gary Oldman, es un empresario que representa la degradación moral de la tecnología.
Su discurso sobre el caos —“sin destrucción no hay creación”— es una parodia del capitalismo moderno: un sistema que se autojustifica incluso en su propio colapso.
Zorg no es un demonio cósmico, sino la banalidad del mal en traje corporativo.
Y tras él se oculta una fuerza más antigua: el Gran Mal, una entidad pura de oscuridad que avanza por el espacio como una idea hecha materia.
Besson le otorga a esa oscuridad una cualidad casi poética: el mal como entropía emocional, como la incapacidad de sentir.
Un universo barroco y caótico: la estética como lenguaje
Uno de los mayores logros de El quinto elemento es su diseño visual, una explosión de color y textura que convirtió el caos en arte.
El vestuario de Jean-Paul Gaultier —más de 900 trajes originales— dotó a la película de una identidad irrepetible: desde los uniformes eróticos de azafatas galácticas hasta las túnicas de sacerdotes futuristas.
La fotografía de Thierry Arbogast mezcla el azul eléctrico con los tonos anaranjados del desierto, creando una paleta visual entre el cómic y el sueño.
Las maquetas de las megaciudades, diseñadas por Mézières, anticiparon la estética de sagas posteriores como Star Wars: Episodio II o Valerian.
En lugar de un futuro aséptico, Besson imaginó un mundo saturado de vida, ruido y desorden.
Su mensaje es claro: el futuro no será limpio, será humano.
El humor como antídoto del apocalipsis
A diferencia de la solemnidad de otras películas del género, El quinto elemento se permite el lujo de reírse del fin del mundo.
El tono cómico, encarnado por el personaje de Ruby Rhod (Chris Tucker), un extravagante presentador mediático, rompe cualquier expectativa narrativa.
El exceso se convierte en identidad.
Esa capacidad de alternar acción, absurdo y lirismo convierte la película en un carnaval cinematográfico, donde lo ridículo y lo sublime coexisten.
Luc Besson entiende que el humor es la válvula de escape de la humanidad.
Y en ese sentido, El quinto elemento es tan espiritual como divertido: una reflexión sobre la supervivencia de la belleza en medio del caos.
La música de Éric Serra: la ópera del futuro
El compositor Éric Serra, colaborador habitual de Besson, creó una banda sonora que desafía los géneros.
Su partitura alterna percusiones tribales, electrónica, ópera y sonidos industriales.
El clímax musical llega con la inolvidable “Diva Dance”, interpretada por Inva Mula, una pieza que mezcla la coloratura clásica con ritmos electrónicos imposibles.
Esa secuencia, donde una cantante extraterrestre ejecuta una aria imposible mientras Leeloo lucha en paralelo contra los enemigos, resume la película:
la fusión entre arte, emoción y caos.
Serra traduce en música el credo de Besson: el universo vibra al compás del amor.
Una filosofía pop: el amor como quinta fuerza
Más allá del espectáculo, El quinto elemento encierra una visión del mundo profundamente humanista.
Los cuatro elementos —agua, aire, fuego y tierra— son fuerzas naturales; el quinto, el amor, es la única capaz de darles sentido.
En una era saturada de tecnología y cinismo, Besson propone una fábula que reivindica la emoción como motor del universo.
El mensaje, disfrazado de comedia galáctica, es radical:
“Sin amor, el conocimiento y la ciencia son polvo.”
Leeloo no salva al mundo con armas, sino con empatía.
En ese gesto se revela la esencia de la película: el heroísmo no consiste en destruir, sino en sentir.
Impacto cultural y legado
En su estreno, El quinto elemento fue recibida con opiniones encontradas.
Algunos la tacharon de caótica, otros la aclamaron como una obra maestra de la ciencia ficción visual.
Con el tiempo, su influencia se ha vuelto innegable: desde Guardians of the Galaxy hasta Valerian and the City of a Thousand Planets, el ADN de Besson se percibe en la estética contemporánea del cine fantástico.
Su mezcla de culturas, su humor y su iconografía han inspirado videojuegos, moda y arte digital durante más de dos décadas.
Hoy, El quinto elemento se celebra como una declaración de amor al exceso y a la humanidad.
El corazón detrás del caos
Luc Besson siempre dijo que su película no trataba de salvar el mundo, sino de recordarnos que merece ser salvado.
En un universo donde el ruido y la indiferencia amenazan con devorarlo todo, el gesto de un beso, una palabra o una lágrima puede detener la entropía.
Esa es la paradoja luminosa de El quinto elemento:
cuanto más absurda parece, más verdad contiene.
Besson filmó un cómic filosófico sobre el poder de lo humano.
Y lo hizo con una convicción tan desbordante que su obra sigue latiendo, 25 años después, como una celebración del amor, el arte y el caos.












