“Ad Astra”: la soledad del hombre frente al infinito

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Ad Astra (2019), dirigida por James Gray, es una de esas películas que dividen al público pero seducen a los críticos. Es un viaje hacia las profundidades del cosmos y, al mismo tiempo, hacia el interior de un alma humana fracturada. Lejos de ser un simple relato de ciencia ficción, se trata de una reflexión sobre la ausencia, la búsqueda del padre y el silencio del universo, disfrazada de epopeya espacial.

Estrenada en plena era de los blockbusters de acción y efectos visuales, Ad Astra ofreció una experiencia completamente distinta: lenta, contemplativa y emocionalmente densa. Donde otras películas llenan el espacio de explosiones, James Gray lo llena de silencio, y donde otros héroes conquistan galaxias, Roy McBride (Brad Pitt) se enfrenta a su propio vacío interior.


Ficha técnica

  • Título original: Ad Astra

  • Año: 2019

  • Director y guionista: James Gray

  • Coguionista: Ethan Gross

  • Protagonistas: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Donald Sutherland, Liv Tyler

  • Música: Max Richter

  • Fotografía: Hoyte van Hoytema

  • Duración: 123 minutos

  • Género: Ciencia ficción, drama existencial


El origen de un viaje interior

James Gray, conocido por películas de corte intimista como Two Lovers o The Immigrant, llevaba años soñando con rodar una película de ciencia ficción que explorara la dimensión humana del cosmos. Cuando finalmente lo logró con Ad Astra, no quiso emular a Kubrick ni competir con Nolan; su objetivo era mostrar la fragilidad del hombre frente a lo cósmico, con una honestidad casi dolorosa.

El título en latín, que significa “Hacia las estrellas”, encierra una paradoja: cuanto más avanza Roy McBride hacia el espacio exterior, más profundamente se adentra en su propio abismo emocional. Gray describe el filme como “una Odisea del espacio emocional”, donde la meta no es conquistar nuevos mundos, sino reconciliarse con la figura del padre y con el vacío que deja su ausencia.


Roy McBride: el astronauta estoico

Brad Pitt interpreta a Roy McBride, un astronauta de sangre fría cuya frecuencia cardíaca nunca supera los 80 latidos por minuto, ni siquiera en medio de una catástrofe. Vive bajo el control de la disciplina militar y la lógica técnica. Sin embargo, tras la fachada perfecta, se esconde un hombre profundamente roto.

Su misión: viajar hasta los confines del sistema solar para encontrar a su padre, Clifford McBride (Tommy Lee Jones), un legendario explorador espacial desaparecido décadas atrás. Pero lo que comienza como una misión científica se transforma en una búsqueda espiritual y existencial.

A medida que se aleja de la Tierra, Roy se enfrenta a la realidad más insoportable: que la figura paterna que idolatraba no era un héroe, sino un hombre obsesionado y perdido en su propio delirio.


El padre ausente como eje narrativo

La película articula su narrativa en torno a una idea universal: el deseo de comprender a quien nos dio la vida. Clifford McBride es un símbolo de la humanidad: brillante, ambicioso, pero ciego ante sus propias emociones. Abandonó a su familia en busca de vida extraterrestre y, en ese proceso, perdió la suya propia.

Roy repite el mismo patrón, y su viaje espacial se convierte en una metáfora de la herencia emocional: la necesidad de romper el ciclo del abandono, de enfrentarse a los fantasmas familiares y recuperar la empatía.
En este sentido, Ad Astra no habla de extraterrestres, sino de las zonas inexploradas del alma humana.


Una ciencia ficción íntima y realista

James Gray quiso que Ad Astra se sintiera plausible. El diseño de producción, los trajes espaciales, los módulos lunares y las bases marcianas fueron creados con asesoría de ingenieros y astronautas. La película retrata un futuro tecnológicamente avanzado, pero psicológicamente idéntico al presente.

Nada en el universo de Ad Astra resulta ajeno: la Luna se ha convertido en una especie de aeropuerto comercial, con franquicias y zonas en disputa; Marte, en una base científica y burocrática; y el espacio profundo, en el espejo final donde el hombre se enfrenta a su insignificancia.

Este enfoque hace que la cinta funcione como un anti-blockbuster: no celebra la exploración, sino que la cuestiona.
Cada paso hacia el infinito es una renuncia. Cada avance tecnológico, una pérdida humana.


La fotografía de Hoyte van Hoytema: luz y soledad

La cámara de Hoyte van Hoytema (que ya había trabajado con Nolan en Interestelar) dota a Ad Astra de una estética hipnótica. El espacio exterior se convierte en un paisaje emocional.
Los planos cerrados sobre el rostro de Pitt contrastan con la inmensidad del cosmos, recordando al espectador que incluso en la vastedad del universo, el drama humano sigue siendo profundamente íntimo.

Los colores son terrosos, ocres, con un uso poético del contraste entre luz y oscuridad. El vacío espacial se siente denso, casi palpable. Y en cada reflejo de casco o superficie metálica, se esconde la mirada introspectiva del protagonista.


La música de Max Richter: la melancolía del cosmos

La banda sonora de Max Richter juega un papel fundamental. Su estilo minimalista y emocional encaja con la naturaleza contemplativa del film. La música no subraya la acción: la medita.
El tema principal, con sus notas sostenidas y sus silencios cuidadosamente medidos, sugiere el paso del tiempo, la distancia y el dolor de la desconexión.

En Ad Astra, el espacio no ruge: susurra. Y en ese silencio se revela la vulnerabilidad del ser humano.


La interpretación de Brad Pitt: contención absoluta

La actuación de Brad Pitt es uno de los pilares del filme. Su Roy McBride es un hombre contenido, casi anestesiado emocionalmente. La cámara lo sigue en su progresiva desintegración, desde el control absoluto hasta el colapso interno.
Pitt transmite con una mirada lo que otros actores necesitarían un monólogo entero para expresar: miedo, resignación, ternura reprimida.

Su nominación al Óscar fue más que merecida, aunque Ad Astra quedó algo eclipsada por otras producciones más “accesibles”. Sin embargo, su trabajo aquí se ha consolidado como una de las interpretaciones más sutiles de su carrera.


La soledad como gravedad emocional

Si Interestelar hablaba del amor como fuerza que trasciende el tiempo, Ad Astra habla de la soledad como gravedad interna.
Roy viaja millones de kilómetros solo para descubrir que no hay nadie esperándole. Que el universo, inmenso y silencioso, no ofrece respuestas.
Y, sin embargo, en esa desolación, encuentra la posibilidad del perdón.

James Gray propone una idea profundamente humana: solo cuando aceptamos la soledad podemos reconectar con los demás.
El regreso de Roy a la Tierra no es una victoria, sino una reconciliación.
El héroe no conquista el cosmos: acepta su humanidad.


Una obra contemplativa en tiempos de ruido

En un panorama saturado de películas de ritmo vertiginoso, Ad Astra se atreve a detenerse. A observar. A respirar.
Su ritmo pausado y su tono introspectivo la alejaron del gran público, pero le otorgaron un lugar privilegiado en la crítica.
Es una obra que invita al silencio, a la reflexión y al reencuentro con lo esencial.

No busca explicar el universo, sino mostrar cómo lo habita un hombre que no logra explicarse a sí mismo.


La herencia cinematográfica

James Gray bebe de múltiples influencias: 2001: Una odisea del espacio, Solaris, Apocalypse Now y, en cierto modo, The Tree of Life de Terrence Malick.
Sin embargo, su voz es propia. Gray combina el simbolismo de Tarkovski con la melancolía norteamericana de Clint Eastwood y la precisión narrativa de Kubrick.

El resultado es una película de ciencia ficción existencialista, donde cada fotograma parece una oración suspendida entre la fe y la desesperación.


El impacto y el legado

A pesar de su modesta taquilla (poco más de 135 millones de dólares), Ad Astra ha crecido con el tiempo. Es una de esas películas que no envejecen, sino que maduran, como los vinos reservados para paladares atentos.
En foros de ciencia ficción, filosofía y psicología se la estudia como una parábola contemporánea sobre la paternidad y la alienación.

Gray no filmó una epopeya cósmica, sino una confesión de vulnerabilidad humana.


El mensaje final: mirar adentro para mirar afuera

En su última escena, cuando Roy McBride pronuncia que “he aprendido que no estoy solo”, la película cierra su círculo temático con sencillez y potencia.
El héroe regresa del espacio exterior con una verdad interior: que el universo puede ser indiferente, pero la conexión humana no lo es.

Ad Astra nos recuerda que, incluso en el silencio absoluto del cosmos, seguimos escuchando el eco de nuestra propia necesidad de amar y ser amados.

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